domingo, 11 de diciembre de 2011

LA LLAMADA

El hombre de la habitación daba vueltas en la cama. Como estaba solo tenía todo el espacio del mundo, podía rodar y rodar por el colchón de matrimonio…Aunque preferiría estar dormido. A pesar de la oscuridad pudo ver su reloj de oro, marcaba la una en punto cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Al compás vibraba y se iluminaba sobre la mesita de noche de la habitación de alguna casa en el centro de Madrid. La luz del aparato dejaba entrever un amplio espacio diáfano y una única ventana con la persiana echada. Si no llega a ser por esa luz, la habitación estaría completamente a oscuras.
— ¿Quién es? —contestó un hombre con voz ronca y perezosa.
—Soy Miguel —De fondo se oía el ambiente de la calle.
—Creo que se ha confundido, ¿eh?
—Es probable que me haya confundido porque he llamado al azar. Mire, me voy a suicidar y no sé por qué me ha entrado el impulso de llamar a alguien.
— ¿Se trata de algún tipo de broma? ¡Es la una de la mañana!
—No, no es ninguna broma. Le digo que me quiero tirar por una azotea y como me encuentro bastante solo aquí arriba he marcado un número al azar.
— ¿Cómo sé que no me está tomando el pelo?
—Bueno, tampoco tiene nada que perder.
—Sí. Horas de sueño. ¡Me levanto en cuatro horas!
El hombre colgó el móvil y se dio media vuelta en la cama. La oscuridad regresó a la habitación. Instintivamente se tumbó de lado y estiró el brazo, con su mano derecha solo era capaz de palpar colchón. A los pocos segundos volvió a sonar el teléfono.
—Veo que no me cree, o no quiere creerme
—Vamos a ver caballero…¿cómo quiere que me crea que usted quiere tirarse de una azotea? Y si es así, ¿a mí qué me importa?
— ¿Está casado?
—Mire, de verdad. Soy un hombre muy ocupado y no puedo estar atendiendo a locos nocturnos, así que si me hace el favor…
— ¡Que me conteste, coño!
—Sí, sí. Soy un hombre casado
El hombre se asustó al escuchar el chillido de su interlocutor. Se levantó de la cama y comenzó a caminar nervioso. A pesar de la oscuridad no se golpeaba con nada. La habitación estaba prácticamente vacía, apenas se completaba con un armario empotrado y una silla en la que había tirados unos pantalones de marca. Decidió mantener la luz apagada.
— ¿Está su mujer con usted?
Silencio.
—Le digo que si su mujer está ahí— insistió la persona que decía llamarse Miguel.
—Sí, sí…De hecho la ha despertado y se está poniendo de mal humor. De verdad, caballero, déjeme en paz y dedíquese a molestar a otro.
El hombre de la habitación caminaba de pared a pared. Su vista comenzaba a acostumbrarse a la oscuridad.
— ¿Que le deje a usted o a ustedes?
— ¿Cómo?
— No. Como dice que está su mujer ahí con usted…
—Bueno, qué más da. Mire, voy a colgar, ¿de acuerdo? No me llame más, por favor.
El hombre de la habitación colgó y miró la cama vacía. Se pasó la mano por la cara, la tenía húmeda y le temblaba ligeramente. Miró la pantalla de su teléfono y buscó el teléfono de su mujer, ya no se lo sabía de memoria. La llamó.
—Creo que no es a mí a quien esperaba.
El hombre de la habitación abrió los ojos exageradamente y notó una punzada intensa en el lumbago.
—Dios mío. ¡Dónde está mi mujer!
—Veo que ahora sí que gana algo de interés la conversación que pensaba mantener con usted hace un rato. Si le llama alguien diciéndole que se quiere quitar la vida, no le importa. Ahora, soy yo quien coge el teléfono de su mujer y la cosa cambia…
—Por favor, Dios mío, dígame dónde está mi mujer.
—Está aquí, conmigo.
—Necesito escucharla. Por favor…
—Señor Gutiérrez, no me puedo creer que usted pida por favor…
El señor Gutiérrez encendió la luz de la habitación y abrió la persiana. Caminaba de un lado a otro sin saber qué hacer. Sus ojos se quedaron fijos en la foto que tenía con el Presidente del Gobierno. Fue en la convención que la empresa que dirigía celebró el año anterior. Entre ambos estaba su mujer, hacía un año que no la veía. Fue desde que le descubrió con otra en la cama.
—Por favor. ¿Qué es lo que quiere? ¿De qué me conoce?
El señor Gutiérrez se acercó a la ventana, necesitaba aire fresco.
—Voy a ser original…
—Déjeme saber que mi mujer está bien. —De fondo escuchaba los gemidos de una mujer que podrían ser los de su esposa o los de cualquiera otra.
—No quiero recuperar mi trabajo…
—No me creo que esté haciendo todo esto porque ya no trabaje para mí. ¡Dirijo a tres mil personas!
—Claro. Usted desconoce lo que no es llegar a fin de mes. Perder a su mujer por un cáncer o que le quiten las custodias de sus hijos…
—Por favor…
—Ahora quiero que sufra lo que yo…
Desde la ventana de la habitación el señor Gutiérrez observó cómo un bulto caía al vacío.

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