¡Riiiinnnnngggg! Ese ruido se introduce en mi cabeza y me genera un malestar insoportable, hoy más si cabe porque es…lunes, ese fatídico día. A veces me pregunto por qué odiamos tanto los lunes. Será porque nos acostumbramos fácilmente a los plácidos horarios del fin de semana y volver a la rutina es como si nos recolocan un brazo dislocado. Duele. Y más a las seis de la mañana.
Desentierro la pierna derecha de la cama y percibo el frío existente más allá del paraíso de sábanas y mantas en el que me encuentro. Tengo que ser valiente, a pesar de estar descalzo he de poner los pies en el suelo para poder incorporarme. ¿Por qué no se habrá inventado una máquina tele trasportadora que me envíe directo a una ducha con agua caliente? Resoplo. Sigue sonando el despertador, ese gallo eléctrico y puntual -salvo cuando se le acaban las pilas-, cuya estridencia no ayuda a calmar la rabia que me ha provocado el sueño que tengo. A tientas en la oscuridad, recorro con mi mano la mesilla de noche y percibo la silueta del libro que me estoy leyendo, de cuyo título no quiero acordarme; una pequeña radio a pilas, que me ayuda a conciliar el sueño, y mi amigo de plástico, el despertador. Palpo la parte superior y golpeo ligeramente el ancho botón que cubre toda su superficie logrando que vuelva el plácido silencio que reinaba hacía unos segundos.
Una vez de pie, y como si de un zombi me tratara, estiro los brazos para encontrar la puerta que da acceso al salón de mi enorme apartamento de cuarenta metros cuadrados. Ése que puedo pagar gracias a un empleo que provoca que mis jornadas laborales comiencen a las siete de la mañana, todos los días. Al llegar al baño, enciendo la luz y aún con los ojos cerrados, abro la ducha para que se caliente el agua. Intento mirarme en el espejo, pero la intensa luz provocada por unas bombillas, que no son de bajo consumo, impiden ver mi caricatura matutina. En poco más de 3 minutos he despertado mi cuerpo y, con el pelo aún mojado y una toalla rodeada en la cintura, me dirijo al cuarto lo más rápido posible para olvidar la desagradable sensación de frío. Unos vaqueros, una camiseta de algodón y un jersey de rallas son suficientes. Abro la persiana y observó que la noche aún sigue ahí. El campo de visión que ofrece mi ventana a esas horas es un cuadro deprimente que recibiría pocos visitantes en un museo. Un parque con cuatro árboles flacos y sin hojas, y algún atisbo de verde que asoma en partes del terreno. Además, está vacío, más aún, al observar el hueco que ha dejado esa chica morena con la que cruzo miradas a diario, mientras ella saca a su perro a pasear. Hoy no está ¡Qué extraño!, pero, ¡qué afortunada! Seguro que está durmiendo plácidamente entre sábanas y mantas.
Me encojo de hombros, me alejo del marco incomparable que ofrece la vista desde mi habitación y entro en la cocina para calentar algo de café y comer, de pie, sobre la encimera, un par de galletas. La cafeína, y el hecho de llevar unos minutos en pie, hacen que haya olvidado por fin el pequeño encontronazo diario que mantengo con el despertador. Es agua pasada, vayamos a afrontar pues una jornada de duro y fructífero trabajo. Un último vistazo al espejo para comprobar que todo sigue en su sitio y salgo a la calle, en dirección al metro.
Apoyado, casi desfallecido, en el reposa-brazos de las escaleras mecánicas me dejo caer hasta el agujero negro que conforma el conglomerado de túneles y trenes del Metro de Madrid. Mientras desciendo percibo una extraña sensación de paz que no tengo a esas horas de la mañana, y menos un lunes. Niego con la cabeza y me dejo deslizar. Pienso en cómo hurgar en la herida que le habrá provocado a Amancio, el vigilante de mi parada, la derrota del Atleti de anoche. Sin embargo, al sacar mi billete de metro para pasar el torno observo que no está. De hecho, no hay nadie. ¡Qué extraño!, pero, ¡qué afortunado! Seguro que está durmiendo plácidamente entre sábanas y mantas.
Al sentarme en el tren, a penas veo a dos hombres vestidos con la indumentaria precisa, diría yo que, para ir al monte. Ambos llevan un polar, unos pantalones vaqueros y dos botas escrupulosamente atadas. Nos cruzamos las miradas y me incorporo para observar todo el vagón. Vuelvo a acomodarme en el asiento al comprobar que no hay maletines acompañados por hombres trajeados.
Miro el reloj, llevo quince minutos en el metro. A pesar de que me estoy acercando al centro de la ciudad, a penas sí veo montarse a unos pocos transeúntes. Un número demasiado escaso para empezar la hora punta. Uno está leyendo tranquilamente el periódico y el otro se sienta en frente de mí. Es un chico joven y con la ropa algo sucia para llevarla al trabajo. ¡Esta juventud! Tiene los ojos rojos. Vaya alergia tiene el pobre. Además se ha dormido enseguida, por lo que seguro que el medicamento que está tomando le ha dejado grogui.
Me he bajado en Gran Vía y tengo que caminar unos trescientos metros por la calle Fuencarral hasta llegar a mi destino. Camino con paso ligero para no llegar tarde, vuelvo a ver la hora y noto un ligero golpe en el pie que provoca que me tambalee. Intento mantener el equilibrio, braceo en el aire, pero mi peso impide que aguante esos malabarismos matutinos. Caigo de bruces contra el suelo.
Todo está oscuro. He cerrado los ojos porque tengo un terrible dolor en la pierna. Me he raspado la rodilla al caer. A mi espalda, percibo a un par de jóvenes cómo cuchichean y se ríen, supongo que de mi vuelo del Fénix, sólo que al contrario. Boca abajo, levanto la vista y casi puedo tocar con la punta de la nariz la esquina de un quiosco. A mí derecha, observo un montón de periódicos apilados. Es una postura un poco complicada y tampoco son horas para leer la prensa. Sin embargo algo llama mi atención. Sacudo la cabeza, me incorporo intentando no apoyar la rodilla raspada y presto atención a lo que pone en el diario. No me detengo ni en la derrota del Atleti, ni en la en la crisis económica que, por cierto, casi provocó mi despido el mes pasado. Subo mis globos oculares hasta la esquina superior derecha: la fecha… ¡No puede ser!
Me dejo caer de nuevo al suelo y me viene a la mente todas aquellas veces en las que había soñado un lunes siendo domingo. Jamás pensé que viviría lo contrario.
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