martes, 20 de diciembre de 2011

UNO DE AGOSTO

Uno de agosto. Esa era la fecha en la que Claudia se reencontraba todos los años, ya
hacía quince, con él. Una promesa de amor adolescente que aún sigue viva, casi como una leyenda. Se juraron amor eterno, a pesar de la distancia, del acontecer de la vida, eso que hacemos todos alguna vez cuando no somos más que un proyecto de lo que nos hemos convertido y que después, por lo general, solemos guardar en el cajón de los dulces recuerdos.

El cariño entre Claudia y él navegaba más allá de los tópicos, el olvido y de toda lógica. Al colocar ante nosotros esa hoja del calendario, ellos dos se reencontraban de nuevo en aquella playa, donde tanto habían disfrutado, donde, cuando no eran más que unos niños, una vez, se amaron.

La tradición hablaba de un paseo por el pueblo que les vio crecer en los estíos, incluso romper alguna regla con la manada de gatos despistados que entorpecían el camino hasta la antigua casa de la abuela, pero que adornaba, como un elemento más, su imaginación aún infantil, ideal; o quizás, eran las dos manos que mantenían bajo el agua su cabecita para impedirle respirar.

En la habitación principal de aquella casucha, la de la abuela, descubrieron sus cuerpos blanquecinos, desnudos y reconocieron ante sí los sabores de placeres ajenos hasta aquel instante. Un sabor, dulce, atrayente y que jamás la empachaba, porque se trataba de él. Instantes que se esfumaron como cobardes al llegar a su mente un atisbo de sensatez.

Sonrió.

— ¿Que quieres que pose para ti? Cómo eres, siempre con lo mismo —ella disfrutaba mostrándose para él. Era parte del ritual…de la leyenda. Unas cuantas fotografías tomadas antes de continuar, que después querría ver en el cuarto de su casa, allá en la ciudad. Un deseo que jamás pasaría de la ficción.

—Te quiero —él sonreía. Dos simples palabras que ella disfrutaba decir y él gozaba escuchar. Las repetía, una y otra vez, mientras caminaban. Él movía la boca, ella comprendía una por una el significado de cada sílaba que salía de sus labios.

Un paseo hasta el espigón de la playa les alejó del pueblo. Conversaron horas y horas, mientras la cabecita de Claudia iba actualizando los contenidos de los doce meses sin saber nada de él. A veces se preguntaba hasta cuándo estarían así, sin embargo ese horrible pensamiento se disipaba al observar que estaba a su lado.

Ella intuyó que él quería despedirse. “No puede ser. ¿Ya?”. Lo vio dibujado en sus labios. Tenía que marcharse, allá a su piso en la ciudad. Otra vez, se quedaría sola esperando pasar, una por una, las doce hojas del calendario, hasta llegar a la del mes de agosto, cuando se conocieron y se despidieron.

—Adiós mi amor.
Ella le vio desaparecer ante sí, mientras pronunciaba sus últimas palabras, las mismas que llevaba diciendo durante los últimos quince años, desde que en el verano de 1995, él se marchó para no volver.

Claudia sonrió, masculló algo entre dientes y comenzó, de nuevo, a ver el tiempo pasar.

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