Le llega el sonido del dolor, se desplaza, repta, un animal de gran tamaño que no puede estar lejos. Se aferra a su muñeca preferida, le da fuerzas para asomar la cabeza por debajo de la cama. Mira a un lado y al otro de la habitación, pero a penas puede intuir la silueta de un armario y una silla. Debe de ser de noche, no sólo por la oscuridad, sino por el intenso cansancio que sufre. Le pesan los ojos, le encantaría estar tumbada bajo las sábanas disfrutando de un plácido sueño, pero ese privilegio se terminó hace tiempo. Las noches, algunas más que otras, eran todo lo contrario a la paz. Al otro lado de su pequeña habitación retumban los estruendos, como si de una obra de albañilería se tratara. Un alboroto que le resulta más que familiar.
Por el hueco de la puerta observa que hay luz en el pasillo, pero aquel espacio queda demasiado lejos. Jamás se atrevería a salir. Hace tiempo que aprendió a reconocer el dolor, no sólo en forma de sonido, también en aromas, y aquella noche, sin duda, el ambiente registraba un olor intenso; a sudor, suciedad y a otra fragancia que no alcanzaba a reconocer, pero que se le antojaba a una especie de gasolina dulce…Era alcohol.
Silencio.
Los chillidos en forma de murmullo que le llegan desde la cocina habían cesado. Tras la tempestad llega la calma, excepto en su caso, que era cuando se conformaba su particular huracán. Si al otro lado de la casa no se percibía el ruido, pronto llegaría hasta su habitación. Esa calma tensa le pone la piel de gallina y casi por instinto, se arrastra de nuevo debajo de la cama. El miedo que siente es tan intenso que no cesa de temblar. Se le hace un nudo en la garganta y la respiración se le entrecorta. Ya viene. Está detrás de la puerta. Intuye la sombra de sus pies por el hilo de luz que entra por el hueco de la puerta. Se aferra, casi se aplasta, contra la muñeca que le ha hecho compañía desde que era un bebé. Cuando escucha el pomo de la puerta chirriar nota humedad bajo su vientre. Otra vez…no.
En la cocina, ella está tumbada en el suelo. Le han debido de meter en una batidora con miles de cuchillas porque le duele hasta el último milímetro de su cuerpo. Intenta abrir los ojos, pero sólo logra ver por el izquierdo, el otro está demasiado hinchado como para permitirse el lujo de realizar su función. “Mi niña”. Estira el brazo para alcanzar algún objeto sobre el que apoyarse. Una vez en pie busca con la mirada el teléfono y se encuentra a sí misma frente a un pequeño espejo colgado en la pared, observa el dolor. Rechaza seguir ante ese despojo, alcanza el móvil y marca un número. Cada vez que pulsa un botón, una mancha roja se queda impregnada en el aparato. Ya está. Lo deja caer al suelo y ella lo acompaña hasta el mismo lugar, como si de una macabra danza se tratara. El teléfono cae boca arriba. En la pantalla aparece un número de tan solo tres cifras. Ella cae boca abajo. Desfallecida.
Bajo la cama, cierra los ojos con fuerza e intenta dejar de respirar para simular que allí no hay nadie. Aunque sabía que eso era una estupidez, él sabía dónde buscar. Entonces supo que no tendría escapatoria y recordó el sabor del dolor. Dulce, pegajoso…a sangre.
Una luz se enciende en la habitación y ella tiene que cerrar los ojos para no maltratar sus pupilas. A ciegas percibe con mayor claridad todos los ruidos que allí se producen. Un paso, otro paso, stop. Ahí está, frente a la cama. Intenta abrir los ojos, a pesar de conocer de antemano qué panorama se iba a encontrar. Dos zapatos, enormes, sucios y desgastados, parados frente a ella. Ahora hay menos espacio bajo el somier. Él se ha sentado sobre la cama y comienza a silbar una canción que debajo se hace insoportable. Puede que fuera la nana más bella del mundo, cosa que desconocía y que, precisamente en esos momentos, poco le importaba.
Sobre la cama, él siente alivio. Está cansado. Debe de ser tarde porque, aunque está borracho, el sobreesfuerzo que ha realizado en la cocina le ha dejado exhausto y sin a penas la sensación de placidez que le otorga el alcohol. Se observa las manos, llena de rasguños, porque esa zorra se atreve a plantarle cara. Con el dedo índice recorre todos y cada uno de los arañazos que tiene en el brazo. Palpa los intentos de ella por zafarse de su merecido. El tacto del dolor. Con su gigantesca mano -parecía una garra con las uñas largas y negras-, da una serie de golpecitos en el colchón, está llamando desde el otro lado de una puerta a la que quiere entrar. Se levanta y se dirige hasta el interruptor de la habitación. Todo vuelve a estar en penumbras. Se agacha y busca entre las tinieblas. Sonríe. Vuelve a levantarse, abre la puerta y la cierra tras de sí.
En la calle, un coche patrulla sigue a una ambulancia que circula por las calles de la ciudad a toda prisa. Los pocos vehículos que circulan a esas horas se apartan, mientras que el SAMUR los esquiva. El estruendo que deja la sirena en el ambiente alerta a los pocos transeúntes de las calles, dejando una estela de luces encendidas en las habitaciones de los edificios. Tienen que llegar al domicilio indicado antes de que sea tarde. Al alcanzar el número trece de la calle Esperanza, los vehículos de emergencias y seguridad se detienen. Dos agentes mandan a los equipos sanitarios que aguarden en el portal, mientras ellos suben al primer piso a comprobar el domicilio. Tocan el timbre. Silencio. Nuevo timbrazo y más silencio.
Deciden, por tanto, romper la cerradura y entrar por la fuerza. Desde el hall son capaces de observar el largo y estrecho pasillo, a pesar de que está a oscuras; a un lado, dos puertas; al otro, otras dos, y al fondo, una luz que parece ser la cocina. Los agentes comienzan la inspección abriendo la primera puerta de la izquierda. Encienden la luz y se encuentran con una habitación de niña, con la pared pintada de color de rosa y unas cuantas muñecas que sobresalen de un baúl. No hay nadie, así que la cierran. Acceden al habitáculo de enfrente. Es el baño, vacío. Uno de los dos agentes se adelanta y comprueba lo que parece la habitación de matrimonio, mientras el segundo le cubre las espaldas, siempre con un ojo en la cocina, que sigue iluminada. Nada. Todo cambia cuando entran en el salón. Un hombre se ha ahorcado con una sábana. A pesar del peso del individuo la lámpara donde ha hecho el nudo no ha cedido. La estampa no es agradable para los agentes, que llaman de inmediato a los servicios de emergencia. El sujeto de un metro setenta y ochenta kilogramos de peso se balancea lentamente. Parece que alguien le mece al compás de la nana que silbaba minutos antes. Su cara está morada y los ojos, aún abiertos, ensangrentados. Se oye decir a un miembro del SAMUR que está muerto.
En la cocina encuentran a una mujer boca abajo. Está inconsciente pero viva. El doctor comprueba que tiene pulso, pero las numerosas contusiones y heridas dejan entrever que su estado no es, ni mucho menos, satisfactorio, pero vivirá. En poco menos de dos minutos la mujer está en una camilla dispuesta a ser trasladada al hospital más cercano. Los agentes han de retirar un taquillón situado en medio del pasillo, ya que entorpece el traslado de la mujer. Se disponen a moverlo cuando observan que la puerta de la primera habitación se abre. El instinto de los agentes hace que se lleven la mano al arma. Hay luz al otro lado, pero desde el pasillo son incapaces de observar a nadie. Ambos policías mandan a los servicios de emergencias que se vuelvan a la cocina y cierren la puerta. Quitan el seguro a sus armas, apuntan a la habitación y piden que salga de inmediato quien se encuentre allí.
Es una niña, con los ojos llorosos, y aferrada una muñeca de trapo. Más que agarrarse, parece que se apriete contra ella.
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