martes, 24 de enero de 2012

HASTA SIEMPRE

¿Te das cuenta? Me tiembla la mano. Si te digo la verdad no sé si es por el frío que traspasa mis poros con aires altivos o, simplemente, porque tengo miedo a lo que me pueda pasar. ¡Qué vas a saber tú de eso! Siempre has contado con mi protección, con alguna de mis manos resguardándote y que te ha dado calor durante todos estos años. De acuerdo, reconozco que tú también has cumplido con tu parte de la misión, pero no vas a negar que ha sido gracias a mí.

Te estás riendo. ¿Te crees que a pesar de ser como eres no soy capaz de reconocer tu sonrisa? Entre esas formas redondeadas alcanzo a descubrir tu silueta y un haz de luz se escapa de tu mirada siempre que aprieto el gatillo. Me estás observando y por tu cabecita de hojalata caminan los pensamientos más crueles que jamás hayas podido imaginar. Es curioso, a veces me sorprendes, incluso creo que tienes más claro que yo nuestra misión aquí.

¿Qué pasa? ¿Te hace gracia lo que ves ahí fuera? Desde luego que lástima no te dan. ¿Ni un poquito? ¡Bah! A mí tampoco. Se lo merecen. E insisto, sé que tú opinas lo mismo. Mira cómo siguen nuestras órdenes a pesar de que todo vaya a terminar. Ya, ya, no hace falta que me digas que ellos todavía no lo saben, pero lo sabrán. Cómo si lo sabrán. No pienso dejar que escapen después del esfuerzo que nos ha supuesto durante los últimos seis años. Viéndome ahora, con miedo o frío, aún no lo sé, ¿no crees que me parezco a ellos? Tienes razón, se merecen lo que tienen. Lástima que no vayan a dejarnos terminar nuestro trabajo. ¿Verdad pequeña?

Echando la vista atrás no me imagino cómo es posible que haya conseguido tener esta relación contigo. Hemos sido más que amigos, hermanos, diría yo. Es normal, después de tantos años juntos. Tú y yo nos encontramos por primera vez en… Eso es, ¿lo recuerdas? Me parecías tan bonita…Juré estar siempre contigo, hasta el final de los días, y, así parece que vaya a ser.

Mira el calendario: abril de 1945. Has estado casi dos mil días encerrada conmigo aquí, lejos de nuestro querido Berlín. ¿No te imaginas cómo estarán sus calles? Sé que piensas todos los días en él, al igual que yo. Pero has cumplido con tu deber… hasta el final de tus…, de mis días. No pienses que me vas a convencer, sabes que soy más terco que el mismísimo Führer. Tú misma me vas a ayudar a saltar al otro lado.

¿Lo escuchas? Veo que lo tienes claro, ni siquiera tú crees que pueda escapar. Ahora tiemblas tú…No, no te dejes llevar, haz un último esfuerzo, por mí. Han conseguido traspasar la alambrada y esos harapos humanos se les echan a los pies. Mira cómo les ayudan. Ahora vienen hacia aquí.

No te muevas, te están mirando. Creen que vas a hacer una locura, pero me gustaría que les explicaras que solo me vas a hacer un último favor. No quiero que me apunten ellos, ¿me escuchas? ¡Quiero que me mates tú! ¡No te resistas! Mírame con tu ojo negro. Escupe por última vez tu llama de metal y haz realidad mi último deseo…

…hasta siempre.

martes, 27 de diciembre de 2011

LA MUÑECA DE TRAPO

Le llega el sonido del dolor, se desplaza, repta, un animal de gran tamaño que no puede estar lejos. Se aferra a su muñeca preferida, le da fuerzas para asomar la cabeza por debajo de la cama. Mira a un lado y al otro de la habitación, pero a penas puede intuir la silueta de un armario y una silla. Debe de ser de noche, no sólo por la oscuridad, sino por el intenso cansancio que sufre. Le pesan los ojos, le encantaría estar tumbada bajo las sábanas disfrutando de un plácido sueño, pero ese privilegio se terminó hace tiempo. Las noches, algunas más que otras, eran todo lo contrario a la paz. Al otro lado de su pequeña habitación retumban los estruendos, como si de una obra de albañilería se tratara. Un alboroto que le resulta más que familiar.
Por el hueco de la puerta observa que hay luz en el pasillo, pero aquel espacio queda demasiado lejos. Jamás se atrevería a salir. Hace tiempo que aprendió a reconocer el dolor, no sólo en forma de sonido, también en aromas, y aquella noche, sin duda, el ambiente registraba un olor intenso; a sudor, suciedad y a otra fragancia que no alcanzaba a reconocer, pero que se le antojaba a una especie de gasolina dulce…Era alcohol.
Silencio.
Los chillidos en forma de murmullo que le llegan desde la cocina habían cesado. Tras la tempestad llega la calma, excepto en su caso, que era cuando se conformaba su particular huracán. Si al otro lado de la casa no se percibía el ruido, pronto llegaría hasta su habitación. Esa calma tensa le pone la piel de gallina y casi por instinto, se arrastra de nuevo debajo de la cama. El miedo que siente es tan intenso que no cesa de temblar. Se le hace un nudo en la garganta y la respiración se le entrecorta. Ya viene. Está detrás de la puerta. Intuye la sombra de sus pies por el hilo de luz que entra por el hueco de la puerta. Se aferra, casi se aplasta, contra la muñeca que le ha hecho compañía desde que era un bebé. Cuando escucha el pomo de la puerta chirriar nota humedad bajo su vientre. Otra vez…no.

En la cocina, ella está tumbada en el suelo. Le han debido de meter en una batidora con miles de cuchillas porque le duele hasta el último milímetro de su cuerpo. Intenta abrir los ojos, pero sólo logra ver por el izquierdo, el otro está demasiado hinchado como para permitirse el lujo de realizar su función. “Mi niña”. Estira el brazo para alcanzar algún objeto sobre el que apoyarse. Una vez en pie busca con la mirada el teléfono y se encuentra a sí misma frente a un pequeño espejo colgado en la pared, observa el dolor. Rechaza seguir ante ese despojo, alcanza el móvil y marca un número. Cada vez que pulsa un botón, una mancha roja se queda impregnada en el aparato. Ya está. Lo deja caer al suelo y ella lo acompaña hasta el mismo lugar, como si de una macabra danza se tratara. El teléfono cae boca arriba. En la pantalla aparece un número de tan solo tres cifras. Ella cae boca abajo. Desfallecida.

Bajo la cama, cierra los ojos con fuerza e intenta dejar de respirar para simular que allí no hay nadie. Aunque sabía que eso era una estupidez, él sabía dónde buscar. Entonces supo que no tendría escapatoria y recordó el sabor del dolor. Dulce, pegajoso…a sangre.
Una luz se enciende en la habitación y ella tiene que cerrar los ojos para no maltratar sus pupilas. A ciegas percibe con mayor claridad todos los ruidos que allí se producen. Un paso, otro paso, stop. Ahí está, frente a la cama. Intenta abrir los ojos, a pesar de conocer de antemano qué panorama se iba a encontrar. Dos zapatos, enormes, sucios y desgastados, parados frente a ella. Ahora hay menos espacio bajo el somier. Él se ha sentado sobre la cama y comienza a silbar una canción que debajo se hace insoportable. Puede que fuera la nana más bella del mundo, cosa que desconocía y que, precisamente en esos momentos, poco le importaba.

Sobre la cama, él siente alivio. Está cansado. Debe de ser tarde porque, aunque está borracho, el sobreesfuerzo que ha realizado en la cocina le ha dejado exhausto y sin a penas la sensación de placidez que le otorga el alcohol. Se observa las manos, llena de rasguños, porque esa zorra se atreve a plantarle cara. Con el dedo índice recorre todos y cada uno de los arañazos que tiene en el brazo. Palpa los intentos de ella por zafarse de su merecido. El tacto del dolor. Con su gigantesca mano -parecía una garra con las uñas largas y negras-, da una serie de golpecitos en el colchón, está llamando desde el otro lado de una puerta a la que quiere entrar. Se levanta y se dirige hasta el interruptor de la habitación. Todo vuelve a estar en penumbras. Se agacha y busca entre las tinieblas. Sonríe. Vuelve a levantarse, abre la puerta y la cierra tras de sí.

En la calle, un coche patrulla sigue a una ambulancia que circula por las calles de la ciudad a toda prisa. Los pocos vehículos que circulan a esas horas se apartan, mientras que el SAMUR los esquiva. El estruendo que deja la sirena en el ambiente alerta a los pocos transeúntes de las calles, dejando una estela de luces encendidas en las habitaciones de los edificios. Tienen que llegar al domicilio indicado antes de que sea tarde. Al alcanzar el número trece de la calle Esperanza, los vehículos de emergencias y seguridad se detienen. Dos agentes mandan a los equipos sanitarios que aguarden en el portal, mientras ellos suben al primer piso a comprobar el domicilio. Tocan el timbre. Silencio. Nuevo timbrazo y más silencio.
Deciden, por tanto, romper la cerradura y entrar por la fuerza. Desde el hall son capaces de observar el largo y estrecho pasillo, a pesar de que está a oscuras; a un lado, dos puertas; al otro, otras dos, y al fondo, una luz que parece ser la cocina. Los agentes comienzan la inspección abriendo la primera puerta de la izquierda. Encienden la luz y se encuentran con una habitación de niña, con la pared pintada de color de rosa y unas cuantas muñecas que sobresalen de un baúl. No hay nadie, así que la cierran. Acceden al habitáculo de enfrente. Es el baño, vacío. Uno de los dos agentes se adelanta y comprueba lo que parece la habitación de matrimonio, mientras el segundo le cubre las espaldas, siempre con un ojo en la cocina, que sigue iluminada. Nada. Todo cambia cuando entran en el salón. Un hombre se ha ahorcado con una sábana. A pesar del peso del individuo la lámpara donde ha hecho el nudo no ha cedido. La estampa no es agradable para los agentes, que llaman de inmediato a los servicios de emergencia. El sujeto de un metro setenta y ochenta kilogramos de peso se balancea lentamente. Parece que alguien le mece al compás de la nana que silbaba minutos antes. Su cara está morada y los ojos, aún abiertos, ensangrentados. Se oye decir a un miembro del SAMUR que está muerto.

En la cocina encuentran a una mujer boca abajo. Está inconsciente pero viva. El doctor comprueba que tiene pulso, pero las numerosas contusiones y heridas dejan entrever que su estado no es, ni mucho menos, satisfactorio, pero vivirá. En poco menos de dos minutos la mujer está en una camilla dispuesta a ser trasladada al hospital más cercano. Los agentes han de retirar un taquillón situado en medio del pasillo, ya que entorpece el traslado de la mujer. Se disponen a moverlo cuando observan que la puerta de la primera habitación se abre. El instinto de los agentes hace que se lleven la mano al arma. Hay luz al otro lado, pero desde el pasillo son incapaces de observar a nadie. Ambos policías mandan a los servicios de emergencias que se vuelvan a la cocina y cierren la puerta. Quitan el seguro a sus armas, apuntan a la habitación y piden que salga de inmediato quien se encuentre allí.

Es una niña, con los ojos llorosos, y aferrada una muñeca de trapo. Más que agarrarse, parece que se apriete contra ella.

martes, 20 de diciembre de 2011

UNO DE AGOSTO

Uno de agosto. Esa era la fecha en la que Claudia se reencontraba todos los años, ya
hacía quince, con él. Una promesa de amor adolescente que aún sigue viva, casi como una leyenda. Se juraron amor eterno, a pesar de la distancia, del acontecer de la vida, eso que hacemos todos alguna vez cuando no somos más que un proyecto de lo que nos hemos convertido y que después, por lo general, solemos guardar en el cajón de los dulces recuerdos.

El cariño entre Claudia y él navegaba más allá de los tópicos, el olvido y de toda lógica. Al colocar ante nosotros esa hoja del calendario, ellos dos se reencontraban de nuevo en aquella playa, donde tanto habían disfrutado, donde, cuando no eran más que unos niños, una vez, se amaron.

La tradición hablaba de un paseo por el pueblo que les vio crecer en los estíos, incluso romper alguna regla con la manada de gatos despistados que entorpecían el camino hasta la antigua casa de la abuela, pero que adornaba, como un elemento más, su imaginación aún infantil, ideal; o quizás, eran las dos manos que mantenían bajo el agua su cabecita para impedirle respirar.

En la habitación principal de aquella casucha, la de la abuela, descubrieron sus cuerpos blanquecinos, desnudos y reconocieron ante sí los sabores de placeres ajenos hasta aquel instante. Un sabor, dulce, atrayente y que jamás la empachaba, porque se trataba de él. Instantes que se esfumaron como cobardes al llegar a su mente un atisbo de sensatez.

Sonrió.

— ¿Que quieres que pose para ti? Cómo eres, siempre con lo mismo —ella disfrutaba mostrándose para él. Era parte del ritual…de la leyenda. Unas cuantas fotografías tomadas antes de continuar, que después querría ver en el cuarto de su casa, allá en la ciudad. Un deseo que jamás pasaría de la ficción.

—Te quiero —él sonreía. Dos simples palabras que ella disfrutaba decir y él gozaba escuchar. Las repetía, una y otra vez, mientras caminaban. Él movía la boca, ella comprendía una por una el significado de cada sílaba que salía de sus labios.

Un paseo hasta el espigón de la playa les alejó del pueblo. Conversaron horas y horas, mientras la cabecita de Claudia iba actualizando los contenidos de los doce meses sin saber nada de él. A veces se preguntaba hasta cuándo estarían así, sin embargo ese horrible pensamiento se disipaba al observar que estaba a su lado.

Ella intuyó que él quería despedirse. “No puede ser. ¿Ya?”. Lo vio dibujado en sus labios. Tenía que marcharse, allá a su piso en la ciudad. Otra vez, se quedaría sola esperando pasar, una por una, las doce hojas del calendario, hasta llegar a la del mes de agosto, cuando se conocieron y se despidieron.

—Adiós mi amor.
Ella le vio desaparecer ante sí, mientras pronunciaba sus últimas palabras, las mismas que llevaba diciendo durante los últimos quince años, desde que en el verano de 1995, él se marchó para no volver.

Claudia sonrió, masculló algo entre dientes y comenzó, de nuevo, a ver el tiempo pasar.

domingo, 11 de diciembre de 2011

LA LLAMADA

El hombre de la habitación daba vueltas en la cama. Como estaba solo tenía todo el espacio del mundo, podía rodar y rodar por el colchón de matrimonio…Aunque preferiría estar dormido. A pesar de la oscuridad pudo ver su reloj de oro, marcaba la una en punto cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Al compás vibraba y se iluminaba sobre la mesita de noche de la habitación de alguna casa en el centro de Madrid. La luz del aparato dejaba entrever un amplio espacio diáfano y una única ventana con la persiana echada. Si no llega a ser por esa luz, la habitación estaría completamente a oscuras.
— ¿Quién es? —contestó un hombre con voz ronca y perezosa.
—Soy Miguel —De fondo se oía el ambiente de la calle.
—Creo que se ha confundido, ¿eh?
—Es probable que me haya confundido porque he llamado al azar. Mire, me voy a suicidar y no sé por qué me ha entrado el impulso de llamar a alguien.
— ¿Se trata de algún tipo de broma? ¡Es la una de la mañana!
—No, no es ninguna broma. Le digo que me quiero tirar por una azotea y como me encuentro bastante solo aquí arriba he marcado un número al azar.
— ¿Cómo sé que no me está tomando el pelo?
—Bueno, tampoco tiene nada que perder.
—Sí. Horas de sueño. ¡Me levanto en cuatro horas!
El hombre colgó el móvil y se dio media vuelta en la cama. La oscuridad regresó a la habitación. Instintivamente se tumbó de lado y estiró el brazo, con su mano derecha solo era capaz de palpar colchón. A los pocos segundos volvió a sonar el teléfono.
—Veo que no me cree, o no quiere creerme
—Vamos a ver caballero…¿cómo quiere que me crea que usted quiere tirarse de una azotea? Y si es así, ¿a mí qué me importa?
— ¿Está casado?
—Mire, de verdad. Soy un hombre muy ocupado y no puedo estar atendiendo a locos nocturnos, así que si me hace el favor…
— ¡Que me conteste, coño!
—Sí, sí. Soy un hombre casado
El hombre se asustó al escuchar el chillido de su interlocutor. Se levantó de la cama y comenzó a caminar nervioso. A pesar de la oscuridad no se golpeaba con nada. La habitación estaba prácticamente vacía, apenas se completaba con un armario empotrado y una silla en la que había tirados unos pantalones de marca. Decidió mantener la luz apagada.
— ¿Está su mujer con usted?
Silencio.
—Le digo que si su mujer está ahí— insistió la persona que decía llamarse Miguel.
—Sí, sí…De hecho la ha despertado y se está poniendo de mal humor. De verdad, caballero, déjeme en paz y dedíquese a molestar a otro.
El hombre de la habitación caminaba de pared a pared. Su vista comenzaba a acostumbrarse a la oscuridad.
— ¿Que le deje a usted o a ustedes?
— ¿Cómo?
— No. Como dice que está su mujer ahí con usted…
—Bueno, qué más da. Mire, voy a colgar, ¿de acuerdo? No me llame más, por favor.
El hombre de la habitación colgó y miró la cama vacía. Se pasó la mano por la cara, la tenía húmeda y le temblaba ligeramente. Miró la pantalla de su teléfono y buscó el teléfono de su mujer, ya no se lo sabía de memoria. La llamó.
—Creo que no es a mí a quien esperaba.
El hombre de la habitación abrió los ojos exageradamente y notó una punzada intensa en el lumbago.
—Dios mío. ¡Dónde está mi mujer!
—Veo que ahora sí que gana algo de interés la conversación que pensaba mantener con usted hace un rato. Si le llama alguien diciéndole que se quiere quitar la vida, no le importa. Ahora, soy yo quien coge el teléfono de su mujer y la cosa cambia…
—Por favor, Dios mío, dígame dónde está mi mujer.
—Está aquí, conmigo.
—Necesito escucharla. Por favor…
—Señor Gutiérrez, no me puedo creer que usted pida por favor…
El señor Gutiérrez encendió la luz de la habitación y abrió la persiana. Caminaba de un lado a otro sin saber qué hacer. Sus ojos se quedaron fijos en la foto que tenía con el Presidente del Gobierno. Fue en la convención que la empresa que dirigía celebró el año anterior. Entre ambos estaba su mujer, hacía un año que no la veía. Fue desde que le descubrió con otra en la cama.
—Por favor. ¿Qué es lo que quiere? ¿De qué me conoce?
El señor Gutiérrez se acercó a la ventana, necesitaba aire fresco.
—Voy a ser original…
—Déjeme saber que mi mujer está bien. —De fondo escuchaba los gemidos de una mujer que podrían ser los de su esposa o los de cualquiera otra.
—No quiero recuperar mi trabajo…
—No me creo que esté haciendo todo esto porque ya no trabaje para mí. ¡Dirijo a tres mil personas!
—Claro. Usted desconoce lo que no es llegar a fin de mes. Perder a su mujer por un cáncer o que le quiten las custodias de sus hijos…
—Por favor…
—Ahora quiero que sufra lo que yo…
Desde la ventana de la habitación el señor Gutiérrez observó cómo un bulto caía al vacío.

UN DÍA INESPERADO

¡Riiiinnnnngggg! Ese ruido se introduce en mi cabeza y me genera un malestar insoportable, hoy más si cabe porque es…lunes, ese fatídico día. A veces me pregunto por qué odiamos tanto los lunes. Será porque nos acostumbramos fácilmente a los plácidos horarios del fin de semana y volver a la rutina es como si nos recolocan un brazo dislocado. Duele. Y más a las seis de la mañana.

Desentierro la pierna derecha de la cama y percibo el frío existente más allá del paraíso de sábanas y mantas en el que me encuentro. Tengo que ser valiente, a pesar de estar descalzo he de poner los pies en el suelo para poder incorporarme. ¿Por qué no se habrá inventado una máquina tele trasportadora que me envíe directo a una ducha con agua caliente? Resoplo. Sigue sonando el despertador, ese gallo eléctrico y puntual -salvo cuando se le acaban las pilas-, cuya estridencia no ayuda a calmar la rabia que me ha provocado el sueño que tengo. A tientas en la oscuridad, recorro con mi mano la mesilla de noche y percibo la silueta del libro que me estoy leyendo, de cuyo título no quiero acordarme; una pequeña radio a pilas, que me ayuda a conciliar el sueño, y mi amigo de plástico, el despertador. Palpo la parte superior y golpeo ligeramente el ancho botón que cubre toda su superficie logrando que vuelva el plácido silencio que reinaba hacía unos segundos.

Una vez de pie, y como si de un zombi me tratara, estiro los brazos para encontrar la puerta que da acceso al salón de mi enorme apartamento de cuarenta metros cuadrados. Ése que puedo pagar gracias a un empleo que provoca que mis jornadas laborales comiencen a las siete de la mañana, todos los días. Al llegar al baño, enciendo la luz y aún con los ojos cerrados, abro la ducha para que se caliente el agua. Intento mirarme en el espejo, pero la intensa luz provocada por unas bombillas, que no son de bajo consumo, impiden ver mi caricatura matutina. En poco más de 3 minutos he despertado mi cuerpo y, con el pelo aún mojado y una toalla rodeada en la cintura, me dirijo al cuarto lo más rápido posible para olvidar la desagradable sensación de frío. Unos vaqueros, una camiseta de algodón y un jersey de rallas son suficientes. Abro la persiana y observó que la noche aún sigue ahí. El campo de visión que ofrece mi ventana a esas horas es un cuadro deprimente que recibiría pocos visitantes en un museo. Un parque con cuatro árboles flacos y sin hojas, y algún atisbo de verde que asoma en partes del terreno. Además, está vacío, más aún, al observar el hueco que ha dejado esa chica morena con la que cruzo miradas a diario, mientras ella saca a su perro a pasear. Hoy no está ¡Qué extraño!, pero, ¡qué afortunada! Seguro que está durmiendo plácidamente entre sábanas y mantas.

Me encojo de hombros, me alejo del marco incomparable que ofrece la vista desde mi habitación y entro en la cocina para calentar algo de café y comer, de pie, sobre la encimera, un par de galletas. La cafeína, y el hecho de llevar unos minutos en pie, hacen que haya olvidado por fin el pequeño encontronazo diario que mantengo con el despertador. Es agua pasada, vayamos a afrontar pues una jornada de duro y fructífero trabajo. Un último vistazo al espejo para comprobar que todo sigue en su sitio y salgo a la calle, en dirección al metro.

Apoyado, casi desfallecido, en el reposa-brazos de las escaleras mecánicas me dejo caer hasta el agujero negro que conforma el conglomerado de túneles y trenes del Metro de Madrid. Mientras desciendo percibo una extraña sensación de paz que no tengo a esas horas de la mañana, y menos un lunes. Niego con la cabeza y me dejo deslizar. Pienso en cómo hurgar en la herida que le habrá provocado a Amancio, el vigilante de mi parada, la derrota del Atleti de anoche. Sin embargo, al sacar mi billete de metro para pasar el torno observo que no está. De hecho, no hay nadie. ¡Qué extraño!, pero, ¡qué afortunado! Seguro que está durmiendo plácidamente entre sábanas y mantas.

Al sentarme en el tren, a penas veo a dos hombres vestidos con la indumentaria precisa, diría yo que, para ir al monte. Ambos llevan un polar, unos pantalones vaqueros y dos botas escrupulosamente atadas. Nos cruzamos las miradas y me incorporo para observar todo el vagón. Vuelvo a acomodarme en el asiento al comprobar que no hay maletines acompañados por hombres trajeados.

Miro el reloj, llevo quince minutos en el metro. A pesar de que me estoy acercando al centro de la ciudad, a penas sí veo montarse a unos pocos transeúntes. Un número demasiado escaso para empezar la hora punta. Uno está leyendo tranquilamente el periódico y el otro se sienta en frente de mí. Es un chico joven y con la ropa algo sucia para llevarla al trabajo. ¡Esta juventud! Tiene los ojos rojos. Vaya alergia tiene el pobre. Además se ha dormido enseguida, por lo que seguro que el medicamento que está tomando le ha dejado grogui.

Me he bajado en Gran Vía y tengo que caminar unos trescientos metros por la calle Fuencarral hasta llegar a mi destino. Camino con paso ligero para no llegar tarde, vuelvo a ver la hora y noto un ligero golpe en el pie que provoca que me tambalee. Intento mantener el equilibrio, braceo en el aire, pero mi peso impide que aguante esos malabarismos matutinos. Caigo de bruces contra el suelo.

Todo está oscuro. He cerrado los ojos porque tengo un terrible dolor en la pierna. Me he raspado la rodilla al caer. A mi espalda, percibo a un par de jóvenes cómo cuchichean y se ríen, supongo que de mi vuelo del Fénix, sólo que al contrario. Boca abajo, levanto la vista y casi puedo tocar con la punta de la nariz la esquina de un quiosco. A mí derecha, observo un montón de periódicos apilados. Es una postura un poco complicada y tampoco son horas para leer la prensa. Sin embargo algo llama mi atención. Sacudo la cabeza, me incorporo intentando no apoyar la rodilla raspada y presto atención a lo que pone en el diario. No me detengo ni en la derrota del Atleti, ni en la en la crisis económica que, por cierto, casi provocó mi despido el mes pasado. Subo mis globos oculares hasta la esquina superior derecha: la fecha… ¡No puede ser!

Me dejo caer de nuevo al suelo y me viene a la mente todas aquellas veces en las que había soñado un lunes siendo domingo. Jamás pensé que viviría lo contrario.